Casi de inmediato se iniciaron los trabajos para poner en ejecución este acuerdo, pero pronto surgieron dificultades derivadas de las apetencias de muchos terratenientes dominicanos y haitianos. A estas dificultades se sumaron otras de carácter político: la caída del gobierno dominicano de Vásquez en 1930, y del lado haitiano, la revuelta estudiantil que se transformó en un poderoso movimiento que obligó a abandonar el poder el 15 de mayo de ese mismo año al Presidente Bornó.

En noviembre de 1934 Trujillo visitó Puerto Príncipe, y en febrero de 1935 Vincent vino en reciprocidad a la República Dominicana. En esta última visita se llegó a un arreglo definitivo que resolvió las dificultades. Entre otras cosas, se decidió que la República Dominicana cedería el Sector de La Miel, que ocupaban los haitianos desde hacía muchos años, y que el camino de Bánica a Restauración sirviera de línea fronteriza para ambas repúblicas, acordándose construir allí una carretera internacional cuyo eje “serviría de demarcación de ambos estados”.

El 23 de marzo, la Asamblea de Haití aprobó el protocolo de esa última revisión, el 1 de abril, luego de su sanción por la legislatura, el Poder Ejecutivo Dominicano ordenó su publicación en la Gaceta Oficial. Este acuerdo final de delimitación fronteriza resolvió a medias el problema, pues muchos latifundistas dominicanos resultaron afectados con la pérdida de grandes territorios, mientras de nuestro lado quedaron residiendo miles de pequeños y hasta medianos cultivadores haitianos.

Este estado de cosas fue generando en los sectores latifundistas nacionales afectados por la delimitación fronteriza, un odio terrible contra los campesinos haitianos que permanecían como cultivadores en nuestro territorio. Los latifundistas la emprendieron contra los haitianos residentes en la zona, a quienes acusaban constantemente de usurpadores, de invasores y de ladrones de frutos y ganados.

A la cabeza de esta campaña se destacó una celestina de Trujillo, la latifundista Isabel Mayer, una mujer que gozaba de la absoluta confianza del dictador. Las quejas fueron tantas, que a mediados de 1937, Trujillo efectuó un recorrido por gran parte de la línea fronteriza acompañado de un puñado de estudiantes universitarios miembros de la organización estudiantil trujillista denominada Guardia Universitaria, a las cuales vistió con uniformes militares.

Este recorrido de Trujillo fue cubierto con una amplia publicidad en la prensa nacional que resaltaba los “desvelos de jefe” por la política de “dominicanización fronteriza”. Otro factor que influyó en “el corte”, nombre con el que se  designó a la matanza de haitianos ocurrida en 1937, lo constituyó el prejuicio racial existente en el ambiente nacional.

Ganado por tales concepciones, Trujillo primero intentó en 1935 una expulsión masiva de haitianos, con la promulgación de una ley dirigida a “dominicanizar la zafra azucarera”. También intentó Trujillo, sin resultado alguno, dentro de su política de “blanqueamiento” de la nación que recibía el estímulo de mucho de sus más altos funcionarios, el traer emigrantes europeos – españoles, judíos, polacos, etc., para asentarlos en la zona fronteriza en tierras que serían donadas por el Estado.

Trujillo ordena a su director de Estadísticas, Vicente Tolentino Rojas, un hombre de color, que efectuara un estudio sobre la capacidad del país para recibir nuevos emigrantes. Tolentino remata sus apreciaciones con la siguiente idea: “La cuestión de la mejoración racial de nuestra población, el país acabará siendo, en el mejor  de los casos, mulato.

En la matanza de los haitianos ordenada por Trujillo en 1937, acontecimiento aberrante que sacudió la conciencia de toda América, jugaron su papel, además del carácter bárbaro del gobernante, los problemas sociales derivados de la propiedad de las tierras que fueron afectadas por la delimitación fronteriza, problemas que generaron un odio incalificable hacia los haitianos de parte de los propietarios que fueron afectados, y muy particularmente, al racismo imperante en gran parte del mundo occidental, como consecuencia del auge del fascismo, racismo que se expresaba en la forma de antihaitianismo furibundo en gran parte de la intelectualidad dominicana integrada al aparato burocrático de la dictadura.

La prueba más palpable de este último la ofrece el propio Secretario de Estado de Justicia de Trujillo, el Licenciado Julio Ortega Frier, quien apenas tres días después de la matanza, en conversación sostenida con los ministros de Estados Unidos e Inglaterra, expresó que “este programa era suyo y que el Presidente era más clemente que él”.

El genocidio fue ejecutado por el ejército acompañado de delincuentes comunes y criminales liberados especialmente para tales propósitos; comenzó en los días finales de septiembre de 1937, y se extendió al mes siguiente. Durante casi dos semanas. Perdieron la vida más de 17 mil personas, hombres, mujeres, ancianos y niños de todas las edades.

Este bochornoso y brutal acontecimiento desnudó ante la faz del mundo el carácter sanguinario y salvaje de la dictadura que gobernaba la República Dominicana y originó a su vez un serio conflicto internacional, pese a la conducta vacilante del entonces presidente de Haití, Stenio Vincent.